Fotos: Sonia Grases http://www.iphotocommerce.com

por Belén Maside

Todas las curas son en gran medida “curas por medio de la palabra”, según la expresión de Freud[1]. Lacan ya predecía ante el progreso de la ciencia, la relación de la medicina con el cuerpo. Se refería a en nombre de qué podrán responder los saberes médicos a los desafíos que plantea la tecnociencia, la bioética y el capitalismo contemporáneo si se pierde de vista esta referencia. Afirma que si el médico debe seguir siendo algo, su función sería la de continuar y mantener en su vida el descubrimiento de Freud y esto es algo que no ocurre. En la actualidad, los profesionales sanitarios, lejos de recetarse a sí mismos y hacer uso de la palabra, recurren generalmente a la tecnología y a la píldora como respuesta.

Los médicos y enfermeras que trabajamos a diario en la clínica con pacientes, comprobamos que éstos confían en nosotros, no sólo para curar y aliviar sus dolencias, sino que también confían ante cualquier malestar de sus vidas. Los pacientes piden. Demandan recetas y pruebas diagnósticas, pero, a la vez hablan. Hablan de sus hijos, de sus padres, de la muerte, de sus penas, de amor, de dificultades. Pero, sobre todo, hablan cuando les invade la tristeza o la angustia por vivir. Enfermedad y sufrimiento se anudan de manera singular en los sujetos. Goce del cuerpo a veces sólo accesible a los sanitarios por medio del dolor. Esta demanda, esta llamada confronta a los sanitarios, ante un sufrimiento, no siempre fácil de escuchar, de digerir ¿Cómo contar con el Otro de la demanda? ¿Cómo dar respuesta al paciente atravesando las engañosas pasiones del alma: piedad/compasión bajo el disfraz paternalista y temor bajo el de frialdad o distancia?, ¿cómo al fin y al cabo, soportar la falla epistémica? No hay recetas para lo enigmático. Para poder soportar la angustia de la falta se recurre por ejemplo, al uso y abuso de los fármacos. Éstos se demandan, a diario y se responde con ellos, también a diario. Ante el naufragio de navegar por la incertidumbre, el diagnóstico de seguridad. El agujero enigmático del cuerpo taponado por la pildorización, por las fotografías de los TAC, por la cartografía estadística de los protocolos. Ver sin saber. Ver un organismo sin cuerpo. Un cuerpo que habla, que pide, que toca el alma; por eso siempre aparece un nuevo dolor que insiste, sufrimiento caprichoso, que se nos resiste. Urgencias colapsadas por dolores a resolver con el imperativo “aquí y ahora”, con “el deme algo que me quite este dolor”. El dolor de lo traumático. ¿Cómo poder decir, cómo actuar ante esta demanda de saber el no saber, más allá de lo orgánico? Inocente ilusión ese dolor-demanda que no se alivia con fármacos, porque el cuerpo goza, se goza. Irremediablemente está afectado por el lenguaje. Un trauma es un golpe de real y las secuelas aparecerán, según la lectura que cada sujeto haga del mismo. La marca es singular. Como ya nos relataba Nietzsche “no hay hechos, sino interpretaciones”. Sabemos que el trayecto de una cura precisa vueltas. Revueltas en el cuerpo para comprender lo legítimo del dolor que producen las palabras, que nos golpean y marcan: los afectos de los efectos del lenguaje sobre el cuerpo. El psicoanálisis trata el cuerpo, porque la lengua lo atrapa. La vocación moral de la medicina hace de la compasión un concepto idealizado y complejo. La compasión expresa recibir el dolor del otro y el deseo de curarlo o cuidarlo. Sin embargo, el compasivo puede quedar atrapado en el espejismo de su propio dolor o en empoderamientos de saber. Igualmente, el que sufre puede encontrarse identificado a una posición de víctima sin palabra ni acto. Tarea viva, el arte del cuidar, incesante: cómo operar frente al sufrimiento de los pacientes a partir de una ética individual, cómo acercarnos a la diferencia dentro de los protocolos de igualdad. En la medicina actual se cura tratando de cambiar la conducta del sujeto adaptándolo, analgesiando, estabilizando un cuerpo orgánico, borrando lo más bello y característico de cada uno ¿compasivamente? Advertidos por Lacan, del bien del sujeto no sabemos absolutamente nada. Acompañando, escuchando, leyendo el lenguaje particular de cada sujeto hablante y sufriente, sin demasiada intención de curar, ni siquiera de cuidar, descubrimos sin impaciencia, que nuestro empuje a decir bien produce efectos: acercarse a lo que uno desea atravesando los enredos pasionales con-pasionales, con-fusionales del corazón. Leyendo el lenguaje propio de cada sujeto quizás podamos obtener cierto margen de libertad en relación con el lugar que ocupó como objeto del deseo del Otro. Travesía trágica, porque para poder cuidar hay que naufragar previamente, no sólo superando el temor propio, sino también la piedad y compasión. La verdadera compasión funda una lógica que contrarresta el abuso de poder de la bata blanca y reabre la esperanza posible basada en un proceso de trabajo y responsabilidad. Siempre se vive con esperanza, en la medicina, en el amor, en la vida. Ejemplo de ello la magistral novela, La impaciencia del corazón.

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El joven teniente Anton Hoffmiller se compromete por compasión con una acaudalada muchacha cuya enfermedad la ha postrado en una silla de ruedas. Promesa que el oficial, finalmente, no cumplirá. Todo el conflicto comienza con el intento de subsanar lo que él considera una irremediable, descortés y grave falta: habiendo sido invitado a una fiesta en el gran castillo de la familia Kekesfalva, recuerda que no ha hecho el honor de sacar a bailar a la anfitriona, a quien apenas ha visto el rostro durante unos segundos por el bullicio. Hallándola sentada y sin conocer los detalles de su inmovilidad la invita a danzar. A partir de ese momento A.se desvivirá porque su falta sea perdonada y sobre todo porque su imagen en la pequeña ciudad y en el cuartel no quede maltrecha. Bajo el significante de la compasión, con todo su peso, el teniente quedará atrapado en un goce, su propio goce, del que no podrá escapar desde que pisa por vez primera la mansión. Este movimiento imparable adquiere otra dimensión cuando el joven teniente se encuentra con lo imprevisible: la joven Edith, hasta el momento nombrada como tullida, es una mujer deseante, que desafía, interroga y consigue tambalear la engañosa e inamovible posición compasiva del oficial.  ¿Hasta dónde los alcances de la compasión? Contrarresta ésta en todo momento con la creativa del doctor Cóndor, generosa pero realista. El romanticismo inexperto del teniente será censurado por el médico que señala, en todo momento la responsabilidad a asumir, pues todo acto conlleva consecuencias. Dado el interés de Zweig por el tema, encontramos que la compasión es un sentimiento que aparece en esta novela como el punto de partida en las tres parejas: el viejo Kekesfalva la sintió por su mujer tras haberla despojado económicamente, pero en este caso se convirtió en una relación feliz. De la misma manera que aparenta ser armoniosa la relación del médico con su invidente mujer . El doctor Cóndor, un hombre entregado a su profesión sin sentimentalismo, en cierto momento explica al joven teniente: “Hay dos clases de piedad. Una, débil y sentimental, que en realidad sólo es  una defensa instintiva del alma frente al dolor ajeno. Y la otra, la única que cuenta, es la compasión desprovista de lo sentimental, pero creativa, que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia”. El  experimentado Condor anima a Edith, la empuja a luchar por recuperar su salud, pero sopesando en todo momento la importancia de su decir y de sus intervenciones.

Stefan Zweig, con paciencia, nos habla de la verdad, tan necesaria para todos, del peso  del lenguaje, fiel reflejo de la aceptación o del rechazo; nos invita a profundizar en  algunos eufemismos tras los que escondemos precisamente la impaciencia y la compasión. El autor  consigue que meditemos sobre la comunicación entre médico y paciente, entre padres e hijos, entre amantes ¿Cómo la persona enferma podrá compensar lo que le falta, y hasta dónde estamos los otros dispuestos a hacerlo? Maestro narrador que nos sumerge e involucra en la exploración de las pasiones de las personas en crisis, en las tensiones que suceden en el interior de cada personaje hasta que pacientemente se van descifrando los entresijos de sus almas. El desenlace produce un enorme impacto a pesar de las huellas que preavisan la impaciencia del corazón durante el arduo camino. Zweig en el prólogo condensa toda la esencia de la novela, y la desmitificación de la heroicidad: Anton H vuelve de la contienda a la que fue a esconderse intentando librar sin éxito su propia batalla interior. Esa es su verdad, la que le cuenta al autor en el café para que como penitencia el mundo conozca. Destapados los semblantes, lo más hermoso de la obra es la verdadera compasión que el escritor muestra hacia la parte humana de todos sus personajes.

Leer y trabajar la impaciencia del corazón en este momento, para esta jornada me  permitió volver a interrogarme sobre “el arte de cuidar” al ser afectado por el lenguaje. Se envían y recibimos señales equívocas: lo complicado, como siempre, es descubrir los cuidados y las palabras que cada sujeto requiere y desea. Hay que buscarlas para poder decirlas. Acompañar al sujeto en esta búsqueda es un trabajo apasionante, delicado y compasivo, en el que aprendo con ellos cada día a bordear, con paciencia las impaciencias del corazón. Es posible una salida distinta al discurso curativo estandarizado; la experiencia dolorosa puede ser modificada por un tratamiento con la palabra: es la apuesta clínica desde el psicoanálisis de orientación lacaniana, independientemente del lugar y posición desde donde se produzca.

[1] Ponencia presentada en el encuentro “Tenemos que hablar: la compasión ¿un arma de doble filo?” organizado por la Red Psicoanálisis y medicina. Tuvo lugar el 5 de marzo en Barcelona.