por Joaquín Caretti
Psicoanalista miembro de la ELP y la AMP. Encargado de curso en NUCEP del Instituto del Campo Freudiano
Nos comenta el siguiente párrafo:
“Se parte de la idea de la existencia de un sujeto racional, monolítico, consciente, sujeto del conocimiento que de modo voluntario puede modificar su vida. Esta tendencia es una clara posición pre-freudiana, que no quiere saber nada de los condicionantes inconscientes y pulsionales que afectan al humano llevándole a la repetición de comportamientos que le dañan” (…) “Si se ignora esa realidad, la educación se desliza hacia el control de los sujetos, a la imposición de aquello que el profesional considera es el bien del otro y no de lo que para cada sujeto es su propio bien”.
Lierni Irizar, «Banalizaciones contemporáneas: lenguaje, sufrimiento, enfermedad y muerte», pg. 109.
De esta cita podemos extraer dos reflexiones que son esenciales para el ejercicio de la medicina.
La primero es la creencia del discurso médico en la existencia de un individuo que puede, gracias a su voluntad, modificar su vida tanto como decida sin tomar en cuenta la existencia en todo sujeto de una instancia inconsciente que incide profundamente en cualquier acto que realiza y que no está sometida a la voluntad de la consciencia. Es más, tanto incide que puede provocar la realización de actos que sean contrarios a la idea que la medicina se hace de lo que es bueno para una persona. Esto se experimenta permanentemente en el campo médico donde los profesionales se encuentran con pacientes que, en teoría, vienen porque se quieren curar, pero sus actos muestran que, en realidad, quieren continuar enfermos: abandonos de tratamientos, negaciones a pruebas diagnósticas, altas voluntarias, comer lo que les hace mal, rechazar operaciones claramente curativas, no acudir a las citas,, etcétera. Paradójicamente, la posición de enfermo parece representar un beneficio para el paciente.
La segunda cuestión -la educación- que se enlaza con la anterior, nos confronta con el hacer del médico cuando se enfrenta con estas situaciones ciertamente angustiantes. La consideración inicial para hacer, ante el enigma que le plantea un paciente, sería que el médico no se lo tomara como una cosa personal ni como un déficit de él como médico, pues no se trata de él en este caso. Lo segundo es pensar que no corresponde educar al paciente para que acepte lo que se le propone ni es pertinente imponérselo. La vía más fértil es la de interrogar sin prejuicios la singularidad del paciente y estar abierto a considerar que él como médico conoce lo bueno para curarlo pero que, a su vez, desconoce lo que el paciente quiere para sí mismo.
Como señalaba Freud hay tres profesiones imposibles: gobernar, educar y curar.